Siempre se van los mejores

De una sola tacada dicen adiós a LaLiga 3 jugadores muy grandes. Uno es el one club man por excelencia. Otro es el señor que nos ha convertido en campeones del mundo. El tercero ha sido capaz de responder a la pregunta “Papá, ¿por qué somos del Aleti?” desde el exilio. Xabi Prieto, Andrés Iniesta, Fernando Torres. Probablemente no sean los mejores jugadores de la Historia, aunque la Historia no siempre sea justa con los méritos de cada uno. Probablemente, a alguno le llegue un poco tarde, visto su rendimiento final. Pero, ¿qué más da? Han sido baluarte de los escudos que latían sobre sus corazones, se han dejado la piel por unos colores y, sobre todo, han sido un ejemplo.


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Un ejemplo para miles de niños que han crecido viendo cómo ese jugador entrenaba duro todos los días, cómo luchaba por ser titular en un equipo que no dejaba de ofrecerle competencia para su puesto temporada tras temporada, cómo saltaban cada fin de semana al terreno de juego y respetaban a sus rivales, cómo no han tenido nunca un mal gesto, un desplante, una palabra más alta que otra.


Es verdad que no son los primeros que se nos van. Puyol, Xavi, Raúl, Villa, Xabi Alonso y una larga lista se nos han ido recientemente y ya no me quiero meter en décadas anteriores, con gente como Hierro, Salinas, Quini, Dani Ruiz-Bazán, Luis Aragonés y podríamos seguir hasta el infinito. Todas las generaciones de niños han estado altamente influidas por los jugadores más carismáticos de la época. Y parece que el concepto de “carisma” está cambiando con los años. Ya no se pondera el respeto, la deportividad ni el esfuerzo. Redes sociales, bailecitos y jarana es lo único que se lleva ahora. Y, perdonen que me ponga nostálgico, pero yo prefiero lo de antes.


Prefiero ese jugador que iba a entrenar conduciendo un R19 pese a estar llevándoselo muerto en un grande a un jugador al que tiene que llevar su padre a los entrenamientos porque aún no tiene edad para conducir, pero que va montado en un RS4 porque Audi le regala coches al equipo. Prefiero ese jugador que sólo es famoso durante los 90 minutos que dura el partido y, si acaso, en la salida de los entrenamientos, donde se para a firmar autógrafos porque sabe que los fans son quienes le han hecho llegar a donde ha llegado al que se dedica a retransmitir su vida 24 horas al día en Instagram y que siente que la vida es una mierda si no se habla de él durante una semana. Prefiero al jugador que si cae un mechero al campo lo tira fuera del terreno de juego porque aquí estamos para jugar un partido al que se tira al suelo, finge una agresión y espera que la sanción que le caiga al rival sea la más alta posible. Prefiero a los jugadores que ya no quedan.


Piqué, Alba, Ramos, Lucas Vázquez, Diego Costa, Aduriz,… cada uno tiene su show montado y cada uno lo explota como puede. Y sólo estoy hablando de jugadores españoles. Neymar, Alves, Griezmann, Pogba, Cristiano, Luis Suárez. Jugadores empresa. Víctimas de las redes sociales, de las prisas de la vida actual, de un mercado que te obliga a ser noticia a diario. Coches de 6 cifras que salen derrapando de las ciudades deportivas porque ni un minuto para sus aficionados tienen. Gorras y gafas de sol que sobresalen por encima de cuellos altos cuando quieren ir a cenar a algún lugar pero no han sido capaces de vender la exclusiva previamente. Bati-señales cuando sí lo han conseguido y se pasean por el centro de la ciudad con 50 micrófonos pegados a su garganta. Parrilladas de colegas que abren noticiarios.


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Podría haber titulado a esto “odio eterno al fútbol moderno”, pero no sería exacto. No odio al fútbol. Odio al futbolista. Odio al futbolista que se ha olvidado de lo que significa para muchos niños. Odio al futbolista que se comporta como un tertuliano de telebasura. Odio al futbolista de nuevo cuño. Por eso siempre se nos van los mejores. Porque cada hornada de futbolistas es peor que la anterior, al menos, en cuanto a valores. Siempre se nos irán los mejores.


La única esperanza que nos queda es que Xabi Prieto, Andrés Iniesta y Fernando Torres acaben entrenando en un puñadito de años a los niños más pequeños, a ver si así conseguimos que se les pegue algo de lo bueno y se les olvide todo lo malo.