La doble vara de medir: Sergio Ramos

Los últimos años han servido para descubrir a uno de esos prototipos de jugador brasileño que suma técnica, olfato goleador, determinación y (permitidme) mucha vida social. Se llama Neymar y tras triunfar en Barcelona ahora escribe páginas mediáticas y deportivas en la siempre romántica ciudad de París.


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Un Neymar del que se habla a diario. Cualquier cosa que diga, que haga. Cualquier movimiento que dé dentro y fuera de los terrenos de juego. Cualquier contenido que comparta en sus siempre candentes redes sociales. Cualquier cosa. Un futbolista convertido en producto, en marca. Así, de hecho, describió el propietario del PSG su fichaje por el conjunto parisino. Aquella frase me llamó la atención. No hablaba de un fichaje, sino de la unión de dos potentes marcas. Fútbol moderno, y tal.


Neymar ha sido criticado por muchas cosas durante su trayectoria y, seguramente, el primer pensamiento que a cualquier aficionado le viene a la mente es su juego estético. Y no porque sea malo, ni limitado, ni porque sea poco atractivo para el espectáculo, sino porque una gran corriente popular afirma que llama a la exageración, a la provocación del rival. “Es un provocador”, habréis leído o escuchado casi de forma automática. Personalmente creo que esto pertenece a este tipo de corrientes fugaces y virales de afirmar a negar todo de forma rápida, sin pensar. Estoy convencido de que mucha de esta gente disfruta viendo a Neymar con sus regates, con su show sobre el césped, pero la caravana de opiniones masiva llama a la crítica y simplemente se repite, sin pensar.


Dicho esto, claro, respetable toda aquella opinión. Habrá gente que le guste, habrá a quien no. Habrá gente que lo catalogue de espectáculo, mientras que habrá muchos otros que se indignarán (realmente o de forma automática) catalogando su juego de provocación por la excesiva estética.


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El tema a analizar es por qué unos recursos estéticos son provocación y otros no. Por qué Neymar es un provocador al hacer un regate “de más”, al recrearse en su técnica y Sergio Ramos, por ejemplo, no lo es al lanzar sus penaltis a lo Panenka. Se han escrito y publicado ya artículos analíticos sobre sus lanzamientos desde el punto de penalti, sobre sus porcentajes de acierto, y por supuesto ya ha salido el dato objetivo: de sus 20 goles de penalti como profesional 6 de ellos han sido lanzados y marcados usando la técnica “Panenka”. Un 30% de los goles del defensa madridista desde los 11 metros han sido usando este recurso que es más estético que productivo, ya que lanzar a un lado, arriba o abajo es igual de rentable (en caso de entrar) que el método Panenka.


Evidentemente, lanzar un penalti a lo Panenka es más complicado, requiere de más control de la situación a nivel psicológico, y requiere evidentemente de más técnica que un lanzamiento al uso. Pero, partiendo de su belleza estética, ¿por qué lanzar un penalti de Panenka es bonito y un regate de Neymar es una provocación?


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Es curioso cuanto menos. Y seguramente los motivos sean diversos, incluso recogidos en decenas de ellos, pero es una realidad. Estos días se habla de los lanzamientos del capitán del Real Madrid, de su liderazgo, de su personalidad y de su efectividad desde el punto de penalti aprovechando la ausencia de Cristiano Ronaldo (quien era poseedor total y absoluto de la licencia a balón parado durante su etapa en Concha Espina). Pero pocas críticas. Elogios casi generalizados. Pero, ¿y Neymar? ¿Qué ocurre con el delantero brasileño del PSG? ¿Por qué un 'sombrerito' de Neymar o un regate estético suyo es provocación?


La doble vara de medir. La demagogia con unos y la permisividad con otros. Cuestión de opiniones, puntos de vista y, seguramente, del volumen del altavoz que mita el mensaje.


Artículo realizado por Esteban Gómez (@mirondo9)